domingo, 16 de mayo de 2010

Versos Coagulados III

Era un jilipollas, no le soportaba. Tan jodidamente pijo, tan horriblemente empalagoso. Alguien le dijo un día que tenía talento y desde entonces perseguía al viejo por todos lados. Era su sombra. El viejo me caía bien, pero no entendía por qué le daba tanta cancha a Pablo. Pablo, Pableras, hace un par de años tenía la colleja roja, era uno de esos tipos que nadie sabe por qué, un día se convierten en el objetivo de los matones al cruzar el umbral de la puerta. Pero dió un estirón y de repente empezó a interesarle a las chicas, a mí me parecía el mismo idiota, unos centímetros más alto, pero todavía tenía un mentón de cristal y más ganas de aparentar ser algo que de atreverse a serlo. Se apuntó a aquel taller de poesía, y reconozco que algunos de sus trabajos eran jodidamente buenos, pero siempre recargaba todo, lo cubría de un halo de misticismo vomitivo. Sentía que quería ocupar mi nicho ecológico, de repente empezó a leer libros de poesía y a dejarlos sobre la mesa aunque la clase fuera de matemáticas. Le faltaba una camiseta en la que pusiera "Aunque no lo sepas, soy el nuevo Lorca". Empezó a salir con Clara. Oh Clara, cualquier quinceañero ocuparía su mano derecha con sólo oler el pelo de Clara, y lo peor es que ella era de las que lo saben. Una de esas bellezas pérfidas, capaces de tirarse al inspector de aparcamiento por ahorrarse una multa, ajustarse la falda y largarse con la cabeza bien alta, como si le fuera legítimo.

Vaya al grano se lo ruego.

Vale, vale, pero no diga después que yo no le cuento nada. El asunto es, que dejó al pobre diablo, se volvió ermitaño, ya no exhibía sus libros de poesía y se piraba más clases de la cuenta. Fue por entonces cuando empezó a rondar al viejo, por lo que no sólo tenía que aguantarle en clase, sino que además tenía que aguantarle en el piso de enfrente. La de veces que me habré cagado en la familia del constructor por haber hecho tan finas las paredes.

Háblenos del quince de octubre.

El quince de octubre...¡Ah! la pelea, correcto.

Sí, la pelea.

Carlos Rodríguez empezó a tirarse a Clara. Rodríguez era el tipo malo de la clase, lo más bajo de lo bajo del instituto. Era un hijo de puta. Siempre iba perdonándole la vida a todo el mundo, menos a mí. Nos llevábamos bien desde el día que le disloqué el hombro.

Así que ustedes dos ya habían tenido trifulcas

No, no fue una trifulca, me quiso robar un paquete de tabaco, le retorcí la muñeca y se le salió el hombro. Se tiró una semana con un cabestrillo. No me gusta pelearme con nadie, soy bastante tranquilo pero...

Eso no es lo que dice su historial.

¡Déjeme terminar coño!

No me dé voces.

No doy voces, le digo, mis amigos suelen meterse en líos, y para mí los amigos son lo primero.

Debería cambiar sus compañías.

Suena como mi madre¿ Le enseñaron a hablar así en la academia?

¡Siga con su declaración!

El caso es que aquella noche yo estaba con Clara, hablando sin más, y Rodríguez se acercó a mí, me dijo que me largara, le dije me dejara en paz, que no iba a tocar a su chica. Lo típico, en plan conciliador ¿sabe? pero el cabrón me metió un puñetazo que me dolió como si me hubiese golpeado con una marra, me recompuse como pude y le empujé contra la pared, se dió de espalda y se vino a por mí como un potro desbocado. Yo parecía el puto Muhamad Alí a su alrededor, esquivando sus tarascadas que iban y venían. De repente, algo me solucionó el problema. Cabañas se le abalanzó encima, le tiró al suelo y con sus brazos de jilguero intentaba herir a Rodríguez. Le va a matar pensé. Cabañas decía nosequé de sentir el dolor, y de su boca saltaban hilos de saliva, estaba rojo como un tomate, fuera de sí, como encocado. Rodríguez se levantó y le metió un directo en el ojo derecho, empezó a sangrar por la nariz. Me ví en la tesitura de separar a Cabañas y hacerme el machito enfrentándome al imprevisible Rodríguez, al que no creo que llamasen "El Cheiras" porque fuera coleccionista de navajas, o bien encenderme un cigarro y mirar como hacía Clarita. Cogí la calle de en medio, y maldita la hora.Cogí un botellín por el cuello, y cuando Cheiras me dió la espalda para encarar a Cabañas y mandarle al hospital, se lo encajé en el cráneo. Cayó redondo. Pero sus amigos decidieron darse un festín con nosotros...
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-Corre hijoputa, corre mierdablanda

-Déjamelos, puedo con ellos

-Te van a matar, vámonos

Me encontraba fuera de mí, poseído por una ira que no había sentido nunca antes. Me sentía vivo por primera vez. Balú tiraba de mi brazo, trataba de poner sensatez. Como siempre. Balú siempre se preocupaba más de los demás que de sí mismo, por eso es un perdedor. Cuando ví al resto de la pandilla de el Cheiras, decidí oir a Pepito Grillo y salí corriendo detrás de él. Estaba algo gordo, pero corría como una gacela. Cruzamos un par de calles, y se metió en un parque, cogió dos piedras, y las lanzó certeras a dos farolas, dejándonos en la oscuridad. Me agarró y me tiró al suelo, detrás de un banco de acero.

-Shhh, estate calladito y pasarán de largo

-¿Dónde has aprendido?

-Si sigues hablando y nos encuentran, cuando me recupere te daré una paliza que te hará olvidar laque te den ellos

Me callé ipsofacto. Balú era un buen tipo. Se llevaba bien con toda la gente, no había forma de borrarle la sonrisa de la cara, incluso cuando todo le venía en contra, no sé de dónde sacaba las fuerzas para seguir adelante con todo lo que le pasaba. Le conocía del insti, era amigo de Clara, del colegio, de cuando eran pequeños. Creo que le caía mal porque estaba enamorado de Clara. Cuando salíamos juntos, Clara me decía que me llamaba, "el blandito". No le caía bien, creo que me envidiaba. Pero no le guardo rencor, los ojos de Clara eran demasiado poderosos. Los amigos de Cheiras pasaron de largo, dando voces, perdiendo nuestro rastro.

-Cabañas¿en qué coños estabas pensando para hacer eso?Te he tenido que salvar el pellejo, da gracias a la consistencia de los botellines de Mahou, si no ahora estarías en el hospital.

-Tu tío me lo mandó

-¿El viejo?

-Sí, tu tío, me dijo que tenía que coger la vida por los cojones, que tenía que enfrentarme a mis miedos, que tenían que partirme la cara por primera vez.

-Puto pijo de urbanización inconsciente ¿Sabes lo que has conseguido?Nos has buscado la ruina, estamos muertos ¡muertos!-Nunca había visto a Balú con esa cara, incluso cayéndole como una patada en la boca, había decidido ayudarme en lugar de borrarse como habría hecho cualquier otro. Había decidido compartir mi negro destino, ese que había decidido tener, para aprender de sufrimiento, como el maestro me dijo.

-Vámonos, duerme en mi casa esta noche, te estarán esperando en la parada del bus.

-Vaya, lo tienes todo estudiado.

-Mira chavalín, podría haberme lavado las manos y haber dejado que Rodríguez te ahostiara, pero no sé qué coños me ha impulsado a romperle el botellín en la cabeza. Ahora estamos jodidos, así que o aprendes a pensar rápido, o estrenarás una brillante silla de ruedas para que le pegues un "I love Jaime Gil de Biedma" en el lateral.

-¿Ya no te gusta Gil de Biedma?

-¿Te enseñó a escapar de una pandilla de canis ansiosos de sangre?No, ahora es más útil y necesario nombrar una cita de Sun Tzu que dice que te calles la boca y dejes que yo piense por los dos.

2 comentarios:

Aarón Blanco dijo...

Me gusta tu narrativa, es ligera, directa pero rica en detalles, todo un placer haber leído esta primera parte, ¡me animo con las demás!.


^___^

Altheniar dijo...

Bueno, con los personajes vastante bien presentados. Aun que un par de repasos lo perfilarian un poco más.

Lo dicho, me a gustado.